Aula emocional: qué es y para qué sirve

Asistentes al aula emocional de CNAE.

A nuestra compañera Belén Mansilla le dio un día por acudir al aula emocional.

Se trataba de un curso organizado por CNAE. He aquí su relato de la experiencia. Lo tituló: «El valor del autoconocimiento para aprender a enseñar».

Empezamos el curso con cierto temor. Las diez personas que participábamos estábamos expectantes y –lo confieso– llenas de una incertidumbre no exenta de suspicacia.

¿De qué iba eso del aula emocional? ¿Para qué serviría? ¿Qué relación podía guardar con el quehacer de un profesor de autoescuela? ¿En qué consistiría el curso? Muchas preguntas y pocas respuestas.

Lo primero que me llamó la atención fue lo variopinto del alumnado. Se había concebido como un proyecto piloto para los presidentes de las asociaciones provinciales, pero allí había un nutrido grupo de personas de diferentes “estamentos”. Había presidentes, sí, pero también profesores de autoescuela y directores. Hasta personal de CNAE. Sí, lo han adivinado, el personal de CNAE era yo.

Esta circunstancia aportó una gran riqueza y diversidad de puntos de vista y experiencias al grupo, ansioso de aprender.

Después de las presentaciones, comenzamos a hablar de nuestras experiencias como docentes. Al principio, todos estábamos bastante nerviosos y un pelín envarados, pero tras las primeras dinámicas de grupo, empezamos a soltarnos, a relajarnos, a ser nosotros mismos, a fluir…

Hasta tal punto que no faltó nadie durante las dos semanas que duró el curso. Nos comprometimos con el taller al 100%. Y lo disfrutamos porque se nos hizo ligero. Es delicioso aprender casi sin esfuerzo, como los niños.

Yo elijo aquí y ahora: o cómo enfrentarte a una situación cada vez

El objetivo del curso era aprender a conectar con nosotros mismos, con nuestras emociones, con lo que sentimos, y a expresarlo. Pero no en abstracto, sino en el momento, en una situación concreta: aquí y ahora. El mañana no era importante.

Se trataba de diseccionar e identificar la emoción concreta, la inmediata, la que surgía en ese momento que estábamos viviendo, pero de forma práctica, no teórica. ¿El objetivo? Identificar qué creencia o pensamiento racional subyacían detrás de ella y eliminarlos, si no eran beneficiosos para nosotros. En definitiva, se trataba de reconocer esas emociones en nosotros mismos y también en los demás y saber gestionarlas.

Hacerlo refuerza nuestro liderazgo y posición ante el mundo y los demás, pero aclaro para los malpensados: la meta no es fomentar la prepotencia o la soberbia. El coaching no funciona así. La meta es conocer tus puntos fuertes y débiles y actuar en consecuencia, potenciando los primeros y minimizando los segundos.

Pero siempre recordando que, cómo no vivimos en soledad, sino en sociedad; no hay que olvidarse de que existen los otros, a los que también hay que aprender a percibir y tener en cuenta porque sus opiniones y experiencias son valiosas y pueden darnos mucha información útil para nuestro quehacer diario. Además, dicha información nos puede enriquecer como personas.

Somos profesores, por lo que autoconocernos nos permite saber cómo estamos enseñando. Y conocer al otro, sus emociones y pensamientos nos permite saber cómo va a aprender y cómo podemos enfocar y dirigir nuestro mensaje para que éste realmente sea efectivo, atractivo y le llegue, convirtiendo el proceso de enseñanza-aprendizaje en una actividad cualitativa, no en la mera repetición de datos.

Enseñamos como vivimos y vivimos como somos. Por tanto, podríamos decir que enseñamos según somos. Si somos capaces de gestionar nuestras emociones y las de los demás, en la medida en que éstas nos afecten, si somos capaces de comunicarnos con los demás de una forma empática, poniéndonos en su lugar y haciendo un esfuerzo por entenderlos y si sabemos planificar bien nuestros objetivos, podremos convertirnos en grandes profesionales, y nos demostraremos a nosotros mismos que estamos realmente comprometidos con lo que estamos haciendo, lo que marcará la diferencia entre nuestro trabajo y el del resto.

Si lo puedes observar, lo puedes trabajar

Conocernos a nosotros mismos nos permite ser siempre auténticos, mostrarnos tal cual somos; nos facilita hallar de forma más fácil soluciones a los posibles conflictos que tengamos con los demás, dentro y fuera del aula. Pero para eso hay que aprender a observar a nuestro alrededor y a percibir la energía, el clima que nos rodea. La finalidad no es otra que poder actuar sobre él, manteniéndolo o modificándolo, si es necesario.

Durante las sesiones en el aula emocional aprendimos a diferenciar e identificar los diferentes estilos de aprendizaje (activo / creativo / pragmático o reflexivo) que tienen los seres humanos y cómo podemos adaptar nuestro mensaje para que realmente llegue a nuestros interlocutores y sea efectivo, con el fin de que el feedback o respuesta que obtengamos sea de mayor calidad, más abierta y sugeridora. Algo que vaya más allá del típico «sí» o «no», a los que parecen tan aficionados nuestros alumnos cuando están recibiendo clase.

Aprendimos a valorar el papel primordial que en todo proceso de enseñanza-aprendizaje tiene la comunicación. Lo primero que aprendimos es la importancia de preguntar bien. Por ejemplo, las preguntas abiertas provocan que el otro se explaye. Y aprendimos a reconocer la posición desde la que nos comunicamos con el otro.

Según el análisis transaccional, nuestro YO puede adoptar tres posiciones: Niño, Adulto y Padre. Y podemos comunicarnos desde cualquiera de los tres. Y el otro también. Reconocer las diferentes transacciones o relaciones que se pueden dar según la posición que nosotros y nuestros alumnos adoptemos, nos permitirá reconducir una conversación, fomentarla o directamente cortarla.

Aula emocional: un taller práctico con dinámicas variadas

Lo mejor del taller es que todo lo que aprendimos de manera práctica, a través de dinámicas. De parejas, individuales y grupales. Dinámicas diferentes y divertidas, que podían resultar chocantes a quién las viera desde fuera, pero que desde dentro se veían como las más lógicas y razonables del mundo. Pruebas en las que te exponías, interactuabas y hasta trabajabas en equipo. Con papel, con piezas de madera, con legos y hasta con cuerdas.

Dinámicas en las que se ponía a prueba nuestra confianza en el otro, nuestro sentido de la cooperación y la visión que teníamos de nosotros mismos y de los demás y de cómo aceptábamos las críticas e incluso de cómo nos enfrentábamos a los distintos avatares que nos puede traer la vida.  Dinámicas que enseñaban mucho más de lo que aparentaban a priori. Y las hicimos sin protestas. Como si hubiéramos vuelto a la niñez, pero plenamente conscientes de lo que hacíamos, como se hace cuando eres un adulto.

Al término del taller la sensación que dominaba el grupo era de gran satisfacción. Había valido la pena y era altamente recomendable para todo aquel que quisiera mejorar su forma de enseñar. En eso estábamos de acuerdo todos, e incluso alguno le hubiese añadido una semana más al curso, porque estuvo genial.

Había sido una experiencia diferente que nos había permitido conocer una manera distinta de acercarnos al proceso de enseñanza. A través de la Inteligencia emocional, de las emociones, Porque para educar hay que emocionar, y sólo podemos emocionar si somos capaces de emocionarnos. Y para ello, hay que practicar. Así de simple.

 

 

 

 

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