El servicio de exámenes de la DGT y el asno de Buridán

El servicio de exámenes de la DGT y el asno de Buridán

Érase una vez un asno (pronto veremos quiénes se lo regalaron a Buridán) que tenía hambre, mucha hambre, pero el pobre animal, situado entre dos sacos de avena idénticos y equidistantes, murió de inanición, pues no supo cuál preferir. Es lo que ocurre con la DGT y su servicio de exámenes.

Buridán fue un teólogo escolástico del siglo XIV defensor del libre albedrío, que creía que nuestras elecciones están basadas únicamente en la razón. Para él, los seres humanos eran siempre y en todo momento capaces de discernir lo que les convenía, gracias a la facultad del raciocinio. Sus rivales quisieron ridiculizarlo e idearon el cuento del asno. ¿Y qué relación tiene la fábula con los exámenes de conducir y la DGT? Muy fácil, no hay examinadores bastantes y cada día que pasa su número mengua, pero la Dirección General de Tráfico, responsable del servicio, parece incapaz de optar por cualquiera de las soluciones que la razón le propone. ¿Serán todas equivalentes?

Haydn y la demografía

El compositor austriaco Joseph Haydn (coetáneo de Mozart), fue contratado cierta vez para amenizar las veladas en la residencia de verano del príncipe Nikolaus Esterházy. La temporada se alargó, y los músicos, muy fatigados y deseosos de regresar a casa, le pidieron a Haydn que intercediera en su favor ante el príncipe.

Haydn no se atrevió a hacerlo directamente, pero halló un modo sutil de transmitir el estado de ánimo de sus músicos. Compuso una sinfonía, que después pasó a la historia con el sobrenombre de “Sinfonía de los adioses”.

Haydn, autor de la «Sinfonía de los silencios»

En las postrimerías de la pieza, los músicos iban abandonando la orquesta de uno en uno, no sin antes haber apagado la vela de su atril. Al final, sólo permanecían tocando dos: el propio Haydn y su primer violín. El príncipe captó el mensaje y dejó partir a los extenuados artistas y al propio compositor.

Los examinadores están abandonando la DGT de uno en uno. El goteo de bajas es incesante, pues el reloj no se cansa de marcar las horas; los funcionarios llegan a la edad reglamentaria y se jubilan, como todo hijo de vecino en sus mismas circunstancias.

Por decirlo con el lenguaje algo ampuloso de los expertos en demografía: la plantilla de examinadores de la DGT decrece vegetativamente año tras año, pues el organismo habilita menos examinadores de los que se jubilan.

A la postre, y de seguir las cosas por este camino, no quedarán sobre el escenario ni siquiera Haydn y su primer violín, y tendrá que apagar la luz el conserje. ¿A qué espera pues el príncipe de la Administración?

Diálogo inventado

Aquí reaparecen Buridán y su dubitativo y atormentado jumento. Todo indica que la DGT no sabe qué saco de avena llevarse a la boca, de tan sabrosos como se le antojan los varios que le ofrecen. O puede que todos le disgusten por igual.

¡Hagan ustedes más examinadores, diantre! «¡Hum! –rezongan en la DGT–, no es tan sencillo». Convoquen una oposición abierta. «Quizá, pero más adelante», murmuran los responsables del alto organismo. ¿No dijeron que querían traer a los militares? «Sí, tal vez fuese la solución perfecta, pero ¿cómo saberlo?».

Utilicen a los profesores de Formación Vial, que conocen el paño. «¡Quizá no sea una idea tan extravagante, después de todo, pero hemos de sopesarla bien!». Busquen la colaboración del sector privado. «Eso sí que no. El servicio de exámenes de conducir será o no será, pero su titularidad pública permanecerá intocable, hasta nuevo aviso».

Hipótesis maquiavélica

La última posibilidad citada merece un comentario aparte. Alguna gente en el sector se pregunta si la incapacidad de las autoridades para decidirse es verdadera o fingida. Supongamos –dicen los espíritus malévolos– que la DGT ha decidido deshacerse de su servicio de exámenes, pero no quiere declararlo de un modo oficial. (Ya saben: ha jurado que fue, es y será público y gestionado directamente por la Administración, por los siglos de los siglos, amén.)

En tal caso –suponen los espíritus malévolos– nada mejor que dejar que se vaya al garete. Y cuando alcance el estado comatoso, la DGT pondrá la ruina resultante en manos privadas.

Dejemos de lado las hipótesis maquiavélicas. Nadie en su sano juicio toleraría que un edificio se viniese abajo sin desalojarlo previamente. Porque en el metafórico inmueble, aparte de los examinadores, viven centenares de miles de aspirantes a conductores, junto con las autoescuelas, sus profesores y empleados. Algún fragmento del techo ya se ha desprendido. Se ruega a la autoridad que reaccione antes de que haya una desgracia. Crucen los dedos.

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