El coche autónomo: futuro imperfecto

El coche autónomo: futuro imperfecto

Hoy hablaremos de un tema que arruga el ceño de las autoescuelas y con toda la razón: el inefable coche autónomo. Sus mentores y la influyente industria prometen la panacea: acabar con los muertos y heridos graves en las carreteras y liberar una gran cantidad de tiempo para el ocio o el negocio merced a la supresión del conductor, de la actividad de conducir.

El optimismo tecnológico es quizá la única forma de optimismo que sobrevive hoy. Y es curioso, cuanto más risueño se antoja el porvenir de los sistemas y mecanismos, de los artilugios fantásticos, más sombrío parece el de la parte biológica. Aunque es sumamente peligrosa la idea de que los seres humanos nos hemos vuelto superfluos, no hay día en que no se nos diga que las máquinas, infatigables y obedientes, lo harán todo mejor que las criaturas de carne y hueso dotadas de razón. Incluso aprender y pensar. Saque el lector sus conclusiones.

El avión es mío

Dibujo del interior de un vehículo autónomo.

Las recreaciones futuristas de un mundo por cuyas carreteras sólo transita el coche autónomo nos muestran al hombre o a la mujer de negocios que va tranquilamente despachando sus asuntos o a la familia feliz que conversa o ve una película mientras el vehículo avanza hacia su destino. Los expertos ponen como ejemplos el avión y el tren.

Los aviones rara vez se caen y los trenes no suelen descarrilar, pero cuando suceden esas cosas mucha gente perece. Además, por muy automáticos que sean los dispositivos de trenes y aviones, no se ha podido aún prescindir de los tripulantes: el piloto y el maquinista.

Además, ¿cuántos aviones hay en los cielos del mundo simultáneamente? Pueden apostar que muchos menos que automóviles en cualquiera de nuestras vías de alta capacidad durante un ratito de una mañana cualquiera. Y el tren va por su carril.

En la película de Clint Eastwood, titulada «Sully», que relata el acuizaje (porque el aparato tomó agua, no tierra) de emergencia en el río Hudson de una aeronave comercial, hay un momento de extraordinaria emoción. Los motores no funcionan y no hay tiempo para volver al aeropuerto. Entonces el capitán asume lo inevitable y, tras un rápido intercambio de miradas con su segundo, empuña los mandos y dice: “El avión es mío”. El avión es suyo y se va a estrellar con 155 personas a bordo. El piloto automático ha desertado. El accidente ocurrió el 15 de enero de 2009; milagrosamente y, gracias a la pericia del comandante y a la sangre fría de la tripulación, no murió nadie.

Los satélites que controlen el tráfico pueden sufrir averías o padecer alguna interferencia las señales que reciben y emiten. No es difícil imaginar colosales atascos y siniestros múltiples por un súbito fallo informático o por un acto de sabotaje. El sistema requiere una seguridad perfecta y es de una complejidad técnica que no necesita mayor encarecimiento.

Leyes obsoletas

Y no se acaban aquí las dificultades. Los forofos de la ciencia ficción estarán familiarizados con las tres leyes de la robótica, que enunció hace varias décadas Isaac Assimov.

1.  «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño».

2. «Un robot obedecerá las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley».

3. «Un robot protegerá su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley».

Nos preguntamos si, pensando en el coche autónomo, no habrá que añadir unos cuantos artículos a esta incipiente normativa y modificar, por ejemplo, la primera y la segunda ley. Puede ser que un robot tenga que elegir entre estrellarse y atropellar a un prójimo o a varios. Nadie se lo representa arrostrando esos dilemas de un modo no mecánico o automático.

Todos estos problemas y muchos otros que se nos podrían ocurrir los dan por superados los sumos sacerdotes del progreso. Nos guste o no, insiste la poderosa e influyente industria, los humanos iremos de paquetes en los automóviles y no tardará en ser aprobado el estatuto de autonomía del vehículo.

Los más condescendientes especulan con una etapa de indeterminada duración en la que convivirían el coche perfectamente autónomo y algunos locos cacharros conducidos por incorregibles chiflados. Sin embargo, nos tememos que no tardarían las compañías de seguros, esgrimiendo sus algoritmos infalibles, en negar el uso de las carreteras a los segundos, mediante un aumento espectacular del precio de las pólizas.

Promesas incumplidas

Las últimas noticias son que el Gobierno de los EEUU se dispone a legislar sobre el vehículo autónomo. Nada especialmente preocupante, o sí, según se mire. En efecto, sólo se trata de autorizar las pruebas en situaciones de tráfico real. El lobby de la poderosa e influyente industria ha logrado convencer a un par de senadores (uno demócrata y otro republicano), de que sean, además de padres de la patria, heraldos del futuro imperfecto. Que no nos pase nada.

Ahora bien, los que creemos que todo este asunto apesta a bluff (por lo menos en lo referido a su presunta inminencia) no olvidamos las incontables promesas incumplidas de la ciencia y la tecnología. Viene a la memoria una de tamaño más que regular: la fusión controlada y económicamente rentable del átomo de hidrógeno, fuente inagotable de energía, de la que, según un comentarista guasón, «siempre nos separan 30 años».

¡Larga vida a las autoescuelas!

 

 

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