Una mentalidad difícil de desterrar

Una mentalidad difícil de desterrar

Un reportaje en el periódico digital Salamanca24 ha vuelto a poner el dedo en la llaga: la seguridad vial no acaba de entrar en la cabeza de muchísima gente, empezando por los jóvenes; choca con una mentalidad difícil de desterrar y que se podría resumir en una frase que condensa esta cerrazón: «primero apruebo el examen de conducir; y después aprendo a conducir».

Los cambios insinuados (más que anunciados) por Tráfico en los exámenes para obtener el permiso no gustan a muchos aspirantes a conductores. Predominan entre ellos los partidarios de no ir a la autoescuela; prefieren rellenar test en casa y memorizar las preguntas y las respuestas por el método del ensayo y el error. De modo que acudir a clase, según este tipo de mentalidad, no supone más que una pérdida de ese tiempo que nunca sobra.

La ley del mínimo esfuerzo

Siempre ha existido el típico estudiante que sólo «gasta codos» en vísperas de la evaluación. Lejos de asimilar las materias, reduce su esfuerzo a aplicar la memoria en bruto. No es raro verlo en el metro o en el autobús el día del examen recitando los temas para sus adentros y con los ojos cerrados, mientras sujeta en la mano los apuntes (generalmente prestados por otros), a los que echa de hito en hito un vistazo, cuando una laguna de la memoria interrumpe la precaria letanía.

Su aspiración es el «cinco pelao»; a veces lo logra; a veces no. Cuando fracasa, culpa a la mala suerte (vaya hombre, me cayó el único tema que no sabía) o al profesor, que la tiene tomada con él.

Tal tipo de estudiante, estadísticamente hablando muy abundante, es muy dado a dividir las asignaturas en «huesos» y «marías». Y, puesto que la prueba teórica del carné de conducir se antoja menos que una «maría», ¿por qué diablos hay que ir a la autoescuela y soportar el «rollo» que expectora el profesor?

Inmortales

Pedimos disculpas por la generalización, pero el joven, por lo común, rebosa vitalidad; su buena salud, su energía y el hecho de que tenga (al menos sobre el papel) toda la vida por delante lo vuelven jactancioso. Si casi nadie (a excepción de las personas que sufren amaxofobia) piensa que puede morir en un accidente de tráfico, el joven se siente directamente inmortal. Tiende a ver en la circulación una pequeña selva que los audaces atraviesan sin temor a extraviarse o a perderse. Se cree dueño de una brújula infalible; confía alegremente, y más si es varón, en su habilidad, en sus estupendos reflejos, en su buena estrella… En realidad, actúa como si protagonizase en solitario el acto de conducir. Los demás (los otros conductores y los peatones) no son más que el medio en el que se desenvuelve. Para él, como en el popular anuncio de IKEA, su automóvil o su moto son una república independiente.

Pero la mentalidad refractaria a la seguridad vial está muy difundida. El padre o el amigo que se prestan a darle al joven que quiere sacarse el carné unas clases particulares; el conductor que quiere obtener el permiso A sin recibir la formación que estipula la normativa y la pseudo-autoescuela que se presta al chanchullo, el inmigrante que no le hace ascos a suplantar a un compatriota en el examen teórico del permiso y la persona a la que supuestamente ayuda, son ejemplos de este fenómeno que tiene detrás el error de ver en el carné de conducir una mera autorización administrativa.

Luego comparece la autoridad para detallar el parte de bajas, pero no importa porque los muertos y heridos graves son siempre los otros.

 

 

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